martes, 6 de marzo de 2012

Con la luz apagada.


Te estoy esperando en la sala,
sentado en el sillón de siempre  con la luz apagada,
y la mirada encendida por la ira, la rabia,
contando solo el tiempo,
mirando el reloj que a cada segundo que marca
sin saberlo se va gastando
al igual que me desgasto yo
con los ojos por el llanto enrojecidos y  la luz apagada.

No sé que haré cuando llegues,
no sé si llegues hoy a casa,
sólo sé que si sucede y mis palabras de amor no bastan
tendré que enseñarte el dolor, mi sufrimiento que no acaba,
trataré de hacerte entender que cuando dos personas se aman,
se deben comprometer, más allá de las palabras,
por encima “del pensé”, un simple perdón a veces no basta.

Sigo mirando el reloj, sigue la luz apagada,
y afuera la ciudad sigue su vida ufana,
los ruidos me llegan de lejos, sombras en la ventana
a veces pienso que eres tú, pero de ti ni tu alma,
solo el recuerdo gris, de tu risa de tu cara
que se empieza a desvanecer con cada minuto que pasa.

Ya la noche se transforma,
pasando a ser la madrugada,
y yo sigo sentado aquí, y el llanto se seca, se apaga,
sólo queda el corazón,
que se me sube a la garganta
y no me deja respirar, es tu amor que me atraganta.

Y vuelvo a pensar en ti, te maldigo, insulto tu cara,
quisiera tenerte aquí, desnuda, tirada en el piso,
verte por un instante lastimada,
saber que también te duelo, que algo te importa,
que sientes, que eres humana,
que no me duele sólo a mi,
que no soy sólo yo el que por las noches tu nombre reclama,
y el viento se burla de mi, y la soledad cae sobre mi alma.



Te sigo esperando a ti, y con la luz apagada,
no quiero que me veas al entrar, no quiero que sospeches nada,
quiero que entres tranquila, con tu soberbia tan confiada,
que no veas el golpe venir,
que sólo sientas que te ataca
y un momento antes de morir encenderé la luz
para que veas el rostro del que por amor te mata.